15 Jun

“¿Qué es usted entonces?”. “Un despierto”, responde el Sabio

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Comienza a ponerse el Sol,  la penumbra me observa mientras se asoma y repta sigilosa, anunciándose tímida desde la ventana del estudio. Tan denso como sombrío, el silencio se  apodera del momento, que escojo observar íntimamente…

A medida que transcurre el tiempo y los años hacen su trabajo, nos desarrollamos transitando cada una de nuestras etapas, vamos aprendiendo y con un poco de suerte, en el mejor de los casos, desaprendiendo. De esta manera, nos adentramos en la vida tan desprovistos como cuando llegamos a ella, con la creencia de que sabemos mucho acerca de  nuestro propio ser, nada  más alejado de la verdad.  El autoconocimiento requiere de una importante dosis de desapego, de no ser así, estaremos condenados a buscar nuestra identidad fuera de nosotros mismos y no dentro.

Cuando en este momento mencionamos  el desapego, no lo hacemos de forma banal, dándole preponderancia como concepto a  los bienes materiales, hablamos de dejar de lado todo lo que nos ha hecho ser lo que hoy somos, hablamos de asumir el compromiso de alejarnos del yo y de todo lo que lo ha favorecido hasta el presente.

El orgullo, la profesión, el trabajo, el entorno familiar, amigos, la educación formal. Las posturas aprendidas de padres y madres, que en su momento aprendieron de los suyos, recibiendo lecciones que convirtieron en dogmas para imponerlas como religión a sus hijos, construyeron  eso que hoy somos y tanto nos cuesta armonizar. Lo anterior por su rigidez, ya que acontece a cualquier edad, nos abruma al comprenderlo, pero enciende una luz que nos muestra el camino a seguir.

Desarticular el YO alejándonos de nuestras creencias, es un ejercicio necesario, una tarea ardua y un camino de vida. Nuestras creencias no son falsas, todo lo contrario, toda creencia es una realidad inmaterial, no por esto menos poderosa, en eso estriba el gran conflicto, todo lo que nos condujo a ser lo que hoy somos, de una u otra forma se sembró como una roca en nuestro ser y hay que escarbar con fuerza para llegar al lugar en el cual se encuentra.

Guardamos un temor profundo por  la vida, ¿si soltamos todo lo que nos define,  dejamos de existir? la verdad es que muchos factores ayudan a estructurar  lo que somos, eludiendo nuestra verdad más profunda, existimos más allá de lo aparente  y en esencia,  bastante alejados de nuestro sistema de creencias.

Aprendimos que el mundo es una secuencia interminable de blancos y negros, olvidando que el gris es el verdadero tono que rige la vida. Eres correcto o incorrecto, bueno o malo, decente o indecente, culto o inculto, rico o pobre, sensible o insensible y de ahí al infinito, experimentamos la vida como un código binario, apartado de los tonos intermedios que son los que realmente se ajustan a lo que somos, seres ni perfectos ni imperfectos que viven un proceso infinito de evolución.

La idea de eternidad nos conduce a ocuparnos del ahora, ya que allí y en ningún otro lugar es donde se desarrolla la vida, además de ser el único espacio en el cual realmente existimos. Una hermosa enseñanza del emperador romano Marco Aurelio reza, palabras más o menos,  Al dejar la vida un ser humano pierde justo lo mismo que otro cualquiera, en virtud de que ni el pasado ni el futuro nos pertenecen, todos perdemos únicamente ese instante llamado presente.

Abriendo las puertas a este siglo, constatamos que en ningún periodo de la historia, la humanidad había tenido tal acceso a la información como nosotros, lo abrumador en este punto es que a pesar de esto, nuestro comportamiento cambio de traje y aroma, pero no de proceder. Despertar es nuestra obligación, mientras lo postergamos transcurre la vida y nosotros en medio de nuestro sueño la dejamos partir. Somos muchísimo más de lo que creemos ser, por respeto a esto  dejemos entrar la verdad por las ventanas de la mente para que nuestra alma encuentre el camino a su crecimiento.

Nelson Jovandaric Poleo

Si encuentra el sabio, ya sabe responder  ” Soy un despierto”